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Pozais Al’Pestufo: el hedor de la indisciplina

  • Foto del escritor: Chas McCholas
    Chas McCholas
  • 1 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

En los arrabales de un polígono olvidado, entre los contenedores de un vertedero, nació un chaval: Jobbo, conocido en el ecosistema garchudo como Chozas, Pozais Al’Pestufo, o "el padre del Staphylococcus".


Se crio en una granja de provincias entre campos de cereal, rodeado de cerdos, gallinas y roña. Dormía en el pajar, comía pienso cuando se acordaba y olía como sus primos porcinos. Decía que la vida rural le enseñó tres cosas: que los pies de cerdo saben mejor si se comen con las manos, que las duchas son para cuando estás ardiendo en llamas, y que si un gallo te mira a los ojos, mejor esconde tus testículos".



Pero la historia que quiero contar no empieza aquí. Jobbo era un buen tipo. Siempre lo fue. Solo tenía un problema: era alérgico a la rutina. Mientras sus amigos progresaban en sus vidas, él acababa con multas y anécdotas de +18. En cada trabajo duraba lo justo para aprender el nombre del jefe y estamparle la furgoneta.


Dos veces le retiraron el carnet por control de alcoholemia, y no hubo una tercera porque el agente “no se atrevió a acercarse más”. Hubo también una sobredosis de opiáceos suaves —como él los llamaba—, que no pasó de un susto. Una vez incluso se intentó meter en política para que dejaran abrir su kebab de barrio los domingos de madrugada. Y en una de sus fases emprendedoras abrió una tienda de mecheros de colección… que acabó ardiendo. En resumen: una vida llena de errores entrañables y consecuencias casi inevitables.



Entre trabajos fallidos y fiestas sin fin, un día vio a unos tipos jugando en un campo de tierra, justo en el mismo lugar donde él había montado su hogar improvisado esa semana. Eran el conjunto garchudo, un equipo tan irregular como él. Se acercó, y sin pedirlo le dieron una camiseta y un lugar en el mundo.


Desde el primer partido, todos notaron que aquel chaval tenía algo. No era talento, garra o técnica… era otra cosa: energía, olor a establo, y una forma de correr que parecía mezcla de Forrest Gump y un jabalí en celo. Jugador de una sola banda, la derecha, (como un pájaro de ala rota que aprendió a volar solo) y su zancada era torpe pero inagotable. Cuando llegaba al área, nadie sabía cuál era su siguiente movimiento, aunque siempre hacia adelante. Y esa imprevisibilidad lo hacía peligroso.

“Con Pozais nunca sabías si iba a marcar o si iba a perderse por la banda y aparecer tres días después con una historia nueva.”—Gran Danés

2018–2020: la primera era de Jobbo

Durante esos años, fue un icono del vestuario. No por su regularidad, sino por su capacidad de convertir el caos en táctica. Era el primero en llegar tarde, el último en irse y el único capaz de sonreír tras una nueva derrota.

Paralelamente, el descontrol fuera del campo, los excesos, las noches largas y las promesas rotas se apoderaban de él. A veces desaparecía sin avisar. Otras veces aparecía sin avisar, que era peor. Hasta que un día, simplemente, se fue sin dejar rastro de lodo.



2022: el halitósico retorno

Dos años después, cuando Garchoides buscaba el milagro de ascender, volvió. Sin previo aviso, sin promesas, sin higiene. Entró con esa sonrisa equina de siempre y el casco de moto que parecía robado de la sala de urgencias de un hospital.


Su llegada reanimó al equipo. Corrió, rió, y contagió algo más que la sarna: esperanza. Garchoides conquistó su primer título de Segunda División y Pozais fue símbolo involuntario del resurgir. Aunque nunca entendió del todo qué habían ganado ni por qué lo abrazaban tanto.

“Él no sabía que éramos campeones. Pensaba que era otro amistoso de pretemporada.”—Karim Cuenczema.

Al inicio de la siguiente temporada ya no apareció y volvió a pasar: tres años de ausencia. Sin noticias de sus pezuñas.


2025: el necesitado regreso del hedor

Febrero, frío, viento y dudas. El equipo, exhausto y hundido, sin efectivos suficientes, encadenando derrota tras derrota, esperaba un milagro. Y, como siempre, el milagro olía raro.

Chozas 'El Errante' apareció de nuevo. Los cordones desatados, la sonrisa torcida, el casco tan bravucón de siempre en la mano.


Pero cuando vuelve, lo hace con stamina infinita, como si en lugar de sangre corriera en su cuerpo Red Bull fermentado. Su regreso fue el empujón anímico que el equipo necesitaba. Ese día no cambió la deriva del equipo. Acabaron descendiendo, sí. Pero con dignidad, risas y el recuerdo de que nunca estuvieron solos.



Hoy, Pozais Al’Pestufo sigue siendo el amigo de todos, un alma noble con la brújula rota pero que siempre retorna. El caos más querido del club. Los niños le siguen, aunque con cierta distancia. No es el mejor, ni el más constante, ni el más limpio. Pero en un equipo que vive entre la gloria y la comedia, es la pieza que siempre encaja, aunque sea de otro puzzle.

“Cuando se vaya —porque se irá otra vez—, lo recordaremos por lo que fue: la resina de este vestuario.” - Charles Lecuenc

Su historia no es la del jugador brillante, sino la del tipo imperfecto que une y hace mejor a los demás. Y en Garchoides, eso vale más que cualquier título.





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