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El Tibias en el Donbass: el gérmen del fútbol de trinchera

  • Foto del escritor: Chas McCholas
    Chas McCholas
  • 14 dic 2025
  • 4 Min. de lectura


“La entrada fue criminal e innecesaria.”
“Es momento de que el Tibias reciba, no una sanción proporcional sino ejemplar.”
“No room for Tibias”

Así amanecían los titulares de varios tabloides digitales después de la última victoria de Garchoides que, a pesar de disfrutar de un gran estado de forma, la agresividad de El Tibias ha manchado los buenos resultados.


De nuevo, otro jugador rival salió en camilla. El Tibias, impasible, pidió agua y se agachó a limpiar los tacos de trazas humanas. “No lo he tocado”, murmuró. Nadie se atrevió a contradecirlo.


Esa noche, en rueda de prensa, le preguntaron al míster si pensaba sancionarlo. El entrenador suspiró, miró al suelo y respondió:

—"No hay sanción que le pueda afectar lo más mínimo. Hay que entender que, con lo que ha vivido, no hay peor castigo posible."


Y entonces, como si hiciera falta justificar lo injustificable, empezó a contar: “Hay historias que se pierden con los años. Y hay otras que se esconden, deseando a que nadie vuelva a preguntar. Esta… pertenece a la segunda clase...”


Tibias, a los 18 años recién cumplidos, en 2014 (hoy se cumplen 11 años), se fue a hacer un programa de intercambio como entrenador en una escuela de fútbol alevín en Donetsk. Al poco de su llegada, entraron los tanques rusos. Respetaron el estadio, pero cambiaron los balones por granadas. Imaginad cómo acababan los entrenamientos de saque de esquina. Las instalaciones se deterioraron bajo el fuego cruzado, pero Tibias —ya lo conocerán—, ingenioso como un inventor racista del siglo XIX, improvisaba porterías con niños mutilados como postes. Portaba la inclusividad como bandera. Allí todo ser se sentía partícipe.


Organizó el primer programa de recompensa para los más trabajadores: los niños que limpiasen los campos de minas recibían postre. “Hay que premiar el trabajo duro", decía. La mortalidad en el campus aumentó un 25%.


Aprovechando el arsenal de armas y los pocos balones, decidieron hacer una escapada lejos de la civilización: rumbo a Prípiat. Querían aprovechar la alta concentración de fauna salvaje para cazar… o quizá solo recordar que aún existía el silencio. "La puntería de cara al gol define un partido." - así justificaba El Tibias la actividad de caza.


Su debut fue contra el Metalist de Sebastopol. Para ello tendrían que entrar en la Crimea ocupada. Se toparon con un ambiente salvajemente hostil. La fachada del equipo de Tibietsk tampoco ayudaba: un grupo de huérfanos armados con más resentimiento que talento. En esa época, El Tibias andaba calvo. No porque sufriera alopecia, sino porque le encantaba ir rapado, como un skinhead. No sé si intentaba dar miedo, pero lo conseguía.


Aquel partido contra el Metalist de Sebastopol no era un simple encuentro: era la puesta en práctica de sus entrenamientos. El césped era un campo minado y el árbitro, un exmilitar con una pierna ortopédica y una botella de vodka en el bolsillo.


A los quince minutos, un proyectil cayó tan cerca que la banda izquierda quedó convertida en un cráter. Tibias perdió a cinco niños y, sin perder el temple, reubicó las porterías, ordenó cambiar de lado… y siguieron jugando. Se notaba que ya lo habían estado practicando en los entrenamientos. "¡El fútbol no se rinde!”, gritó, con ese acento que mezclaba desesperación y disciplina soviética.


Su apodo nació allí. En una jugada absurda, un rival se pasó de frenada y entró con una violencia desmesurada, directo a ambas tibias de nuestro protagonista. El sonido de la fractura fue atronador. Pero lo asombroso no fue la lesión: fue que Tibias se levantó con tibia y peroné perpendiculares a su fémur, pidió hielo para el rival y siguió dirigiendo al equipo desde la banda, apoyado en un saco de arena.


Pero no todo eran risas y abrazos, esas dos semanas envejecieron a nuestro Tibias unos 20 años. Cuando la noche cae y las luces del estadio garchudo parpadea, recuerda a uno de los niños con ambos brazos amputados, su antiguo portero, susurrándole antes de irse al frente: “Gracias por enseñarnos que el dolor está en la mente.”


Esa frase se le quedó grabada más hondo que las cicatrices. Desde entonces, su concepto del futbol se basa en una sola idea: el dolor es táctica. No hay jugada inútil si te deja una marca. En Garchoides aplicó esa filosofía: entrenamientos sin balón, charlas en silencio absoluto y una enfermiza obsesión por el tuétano.


“En Donetsk aprendí que el fútbol no siempre se juega con los pies" —decía Tibias—. "A falta de extremidades inferiores, se juega con lo que tienes.”



Volviendo a la reflexión del míster de Garchoides, "El Tibias no volvió igual de aquel sitio", finalizó y abandonó la rueda de prensa. Y no lo decía con lástima ni con reproche, sino con la resignación de quien ve a un hombre vaciado por dentro. Quizás la vida civil lo recibió como si nada hubiera pasado. Y quizás eso es justo lo que él no soporta.


Puede que el dolor sea ese 'compañero' fiel que estuvo en los momentos más críticos. El dolor fue lo único estable en su vida mientras todo se caía a pedazos. Y cuando algo te acompaña así… empiezas a confundirlo con hogar.


Quizá por eso, El Tibias ya no sabe vivir sin dolor. Y, paradójicamente, es justo eso lo que le da paz.




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