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Felcha: el arte de envejecer como el buen vino

  • Foto del escritor: Chas McCholas
    Chas McCholas
  • 30 dic 2025
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 30 dic 2025

Felcha llevaba semanas pensándolo. No lo decía en voz alta, pero su mirada se le iba al horizonte como quien ya no ve rivales, sino despedidas. Tal y como avanzamos en este medio, la idea de irse a Arabia era real: sol, dinero y machismo salvaje. Una vida sin sobresaltos, apartado del bullicio de las medianías del New Saint Garchoides Ultimate Stadium y lejos del calendario garchudo, que ya le pesaba más en las piernas que en el alma.


Había tenido una carrera impecable. Garchoides había sido su casa, su refugio, su milagro cotidiano. Pero los años pasaban, los fichajes nuevos llegaban con tatuajes frescos y energía insolente, y él empezaba a notar que la grada aplaudía más a las individuales que al buen juego. Y si algo había aprendido en la vida, era que retirarse a tiempo también era un arte.


Por eso, cuando La Tabaca Rolda apareció en los vestuarios sin avisar —traje arrugado, puro medio apagado y nervioso con un aliento más agresivo que sus negociaciones— Felcha ya sabía que esa conversación iba a complicarle la vida. La Tabaca no vino a agradecerle sus servicios prestados. Vino a coaccionarle para que se quedara. Inmediatamente lo recogió y subieron a la oficinas de las instalaciones garchudas con esa labia tan distractora y característica suya.


Hablaron de fútbol, de legado y de dinero (aunque poco). De cómo Garchoides se le estaba yendo de las manos: demasiados jóvenes, demasiada noche, demasiado ruido de prensa. Le dijo que necesitaba a alguien con temple. Alguien con veteranía para navegar entre tormentas. “Un año más, Felcha,” dijo al final, sirviéndose un whisky como si estuviera cerrando un trato de contrabando. “Uno solo. Y luego te vas al desierto, al sol con los 'negritos' o a donde demonios quieras. Pero no me dejes ahora con este circo.”


Felcha rió. Una de esas risas breves, casi tristes, que suenan a “ya me tienes”. Miró por la ventana: el campo vacío, los colores gastados del estadio, Tibias reanimando a Letudo en el centro del campo... Y entendió que sí, que aquel lugar, con todo su desorden y su locura, era lo más parecido a la paz que había tenido en su vida.

“Está bien,” dijo al fin. “Un año más.”

Esa noche, La Tabaca lo acompañó a casa y salió satisfecho, liberado, con el mismo sentimiento que cuando aciertas una combinada. Y Felcha se quedó solo, descorchó una botella de vino y se sirvió una copa. Brindó sin motivo, y dijo en alto:

“Tantos años aquí que ya casi no recuerdo mi vida sin vosotros."

Muchos años han pasado pero, antes de ser el mediocentro más fino de Garchoides, Felcha tenía otro nombre. Uno que no se puede pronunciar en voz alta en ciertos círculos de Marsella, Milán o París. Era un artista del robo silencioso: el tipo que abría cajas fuertes como quien abre un vino caro — con respeto, con precisión, con una sonrisa discreta.


Durante años vivió entre terciopelo y adrenalina. Cada golpe era arte. Pero todo artista necesita público, y Felcha empezó a disfrutar demasiado de ser el mejor. A dejar huellas sutiles. A enviar mensajes anónimos a la policía con acertijos sobre su próximo robo. A firmar sus golpes con una insignia diminuta: un botón de guante blanco. Ya entonces era todo un jugón pero a la vez, la falta de madurez fue su perdición.


El último golpe ocurrió en Zúrich, 2012. Una subasta privada con un diamante rosa valorado en 18 millones. Todo estaba calculado: los guardias, las cámaras, el cambio de turno, la niebla aquella noche. Felcha y su equipo hicieron una incursión digna de los mejores. Pero al día siguiente, uno de los suyos apareció muerto en un callejón. Un mensaje. Alguien había traicionado al grupo… y la policía lo sabía todo.


Felcha huyó hacia España con una identidad nueva ofrecida por un agente que le debía un favor. Su testimonio mandó a media banda a prisión. A cambio, le prometieron una vida tranquila. Le dieron un nombre limpio, vida nueva y una dirección en el pequeño pueblo de Esplugues de Llobregat donde nadie hacía demasiadas preguntas.


Durante meses cumplió su palabra: discreción absoluta. Nada de riesgos. Solo paseos por Barcelona con el ritual diario de una copa de vino tinto en el Café Turó por la tarde.

Hasta que un martes cualquiera, el destino decidió meter la pezuña en su camino. Un pelotazo, salido del Turó Park, cruzó la calle y fue a estrellarse justo contra su copa, bañándole la camisa blanca.


El responsable apareció segundos después: Jobbo. Sudado, sonriente cual equino y esa expresión de niño grande que acababa de derribar la lámpara del salón.

—¡Perdóname, tío! Vaya palo te he pegado. No calculo muy bien la fuerza de mis patas aun...

Felcha le pasó el balón sin apenas mirar. Lo devolvió con un toque suave, medido, con algo de efecto. La pelota dibujó una parábola perfecta y cayó muerta a los pies de Jobbo, que se quedó mirándolo sin pestañear.

¿Tú has jugado? —preguntó con asombro.—Un poco... hace mucho. —respondió Felcha, limpiándose la camisa con una servilleta de lino.—Dame un par de consejos 'porfa'. Y no te molesto más.

Pasaron la tarde hablando de conceptos básicos de fútbol y otras experiencias de sus pasados.


Al día siguiente, Jobbo lo contó por los pasillos de las instalaciones garchudas al bueno de Letudo con esa elocuencia suya:

“He conocido a un 'man' en el Turó que 'la toca' y sabiendo que nos falta gente...”

La Tabaca Rolda metió la oreja de refilón mientras se depertaba tirado en la sala de fisios después de su última reunión con el Sr. Johnnie Walker.


Ese mismo día, Rolda apareció en el Café Turó, con una botella de coñac, puro encendido y un sobre doblado en el bolsillo.

“¿'Felpas', verdad? No me preguntes cómo lo sé. Pero creo que este club y tú necesitáis lo mismo: un nuevo comienzo.”

Así fue como, sin quererlo, Felcha recaló en Garchoides. Allí, redescubrió el placer del robo… pero sin sirenas detrás. En cada recuperación de balón había algo del viejo arte: la anticipación, la elegancia, el riesgo. Cada asistencia era un golpe maestro: limpio, inesperado, bello.

Y aunque los compañeros solo veían a un tipo callado con guantes blancos hasta en verano, Felcha sabía que jugaba cada partido como si fuera su redención. Tal vez no vino aquí a ganar otra liga, sino a devolver todo el valor que se llevó.


Y ahí lo tienen estimados lectores. Felcha.


El hombre que en cada partido de Garchoides, envejece un poco más, sí, pero también su calidad y experiencia es cada vez mayor. Como el buen vino.


En este último año con su futuro incierto, dicen que se le ve distinto. Más pausado, más fino, más silencioso. Como si supiera que está viviendo su último gran golpe.


Porque en el fondo, Felcha no juega para ganar. Juega para dejar huella.

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