Gran Danés: anatomía de un apodo
- Chas McCholas

- 15 nov 2025
- 3 Min. de lectura
No tenía pensado escribir sobre Charles LeCuenc. En realidad, no tenía pensado escribir NADA.
La jubilación me había sentado regular: mucho té, poco ruido, y esa molesta sensación de que el fútbol ya no necesitaba testigos.
Pero una noche de lluvia en Dundee todo esto cambió.
Me encontraba en The Drunken Piper (el Gaitero Borracho), mi pub de confianza, cuando dos parroquianos empezaron a discutir sobre un antiguo jugador español, con nombre de vino caro: Charles LeCuenc.
Uno juraba que el mote "Gran Danés" se lo había ganado en Escocia, porque bebía más que un mastín de guardia. El otro aseguraba que venía de su presencia en anuncio de galletas para perros. La discusión subió de tono, como suele pasar cuando las pintas corren más que un perro en China. Y yo, que no tenía nada mejor que hacer, tomé nota mental:
“Si hay dos escoceses discutiendo sobre un español, hay historia.”
Esa misma semana, un pequeño artículo en The Daily Pint reavivó la llama. Mencionaba que LeCuenc —ahora jugador de Garchoides FC— estaba “viviendo una segunda juventud”, y que algunos aficionados lo apodaban Perro Viejo. Nadie mencionaba lo de “Gran Danés”. Nadie. Y eso fue lo que me inquietó.
Porque en Escocia, los apodos siempre tienen una historia, y las que nadie quiere contar suelen ser las mejores.
Así que empaqué mi libreta, un abrigo impermeable y la última ilusión por el periodismo que me quedaba.
Mi destino: Aberdeen.
Buscaba un nombre que aparecía y desaparecía de los registros: Charles LeCuenc. En esa época, era un joven mediocentro que, según se le recuerda, era de físico portentoso con garra, un box-to-box clásico. En resumen, buen pie, mal carácter. El rastro me llevó hasta un club que ya no existe oficialmente: Old Pedestrians AFC.
Un equipo de segunda regional, famoso por dos cosas: las cervezas después de cada partido… y sus consecuentes informes disciplinarios antes del siguiente. Me encontré con un campo sin gradas y medio cubierto de maleza, pero aún se veía el cartel oxidado:
“No dogs allowed.” Ironías del destino...
Los informes de archivos polvorientos de los Old Pedestrians eran escasos, pero suficientes para recabar la siguiente información: una fractura nasal, un parte disciplinario, y una frase escrita a mano en el reverso del papel:
“Cabezazo limpio en tabique. El resto no intervino.”
El danés que lo sufrió —Mikkel Sørensen— dejó el fútbol meses después sin pena ni gloria.

En Aberdeen aún se recuerda el episodio como The Great Dane Incident. Lo curioso es que el apodo, “El Gran Danés”, no era para el agredido, sino para el agresor. El tipo que lo tumbó. El español que, por razones que nadie entiende del todo, decidió usar la cabeza como argumento ganador.
Cuando le pregunté a Duncan "Whisky Eyes" Ferguson, antiguo utillero de los Pedestrians de Aberdeen y viejo amigo mío, me respondió con media sonrisa:
“No fue violencia, Chas. Ya sabes cómo son los jóvenes. Estaban jugando.”
Créanme que, como local que soy, les puedo asegurar que en Escocia, o le quitan hierro a cualquier acción violenta o este país se convierte en una batalla campal constante.
El club suspendió a LeCuenc: tres meses sin whisky. Nunca volvió a jugar para los Old Pedestrians. Cuentan que el último día pasó por un bar en las medianías del estadio y, en una conversación con un grupo de fieles parroquianos aseguró lo siguiente:
“El problema no fue el golpe, sino que lo disfruté.”
Luego se fue caminando bajo la lluvia, sin maleta y sin destino, dejando un extenso rumor: que había jurado no volver a jugar a este bello deporte…
Hoy, Charles LeCuenc está viviendo su segunda juventud. Se ha convertido en una pieza clave de Garchoides FC: rocoso, inteligente y líder. Además, posee un modesto podcast para los aficionados más cafeteros. Se conoce por varios nombres en su entorno como Gran Danés, Perro Viejo o hasta Karim Cuenczema cuando anda muy suelto.
El público solo ve al mediocentro que presiona, grita, ordena y se deja la vida en cada jugada. Yo, en cambio, veo algo más: un hombre que encontró la forma perdonarse a sí mismo. El futbolista que enterró a su fantasma poniéndole su propio nombre.
Porque, al final, la historia de LeCuenc no va de violencia ni de redención. Va de entender que los episodios más oscuros se transforman en parte de tu vida, y hasta te pueden servir como apodo.
“Algunos hombres entierran su oscuro pasado. Otros
lo convierten en un apodo.” - Charles LeCuenc








Aun recuerdo cuando mi abuelo jugó contra el en la tregua de navidad de 1914
Hay quien asegura que la carrera de LeCuenc empezó en el Neolítico: nuevas pinturas rupestres en las Cuevas de Altamira muestran a un proto-LeCuenc partiendo brazos antes incluso de que se inventará el balón
Old Pedestrians no lo entendió. En Garchoides sí: dejarle ser él mismo, incluso cuando toca romper algun brazo, ya sea al contrario o al árbitro
Charles LeCuenc es como una caja de bombones… pero de escoceses cabreados: un día Gran Danés partiendo tabiques, otro Cuenczema marcando goles, y otro Perro Viejo insultándole al árbitro. Eso sí: siempre rinde.